miércoles, 7 de octubre de 2026

El confesionario y la plaza: la ideología, la política y lo político en un cargo cultural

 1. Una escena

Recientemente, el actual director del Instituto Caro y Cuervo habló de dos escritores colombianos con un mismo gesto. A Gonzalo Arango lo presentó como un rebelde que terminó arrepentido y entregado a la fe; el suicidio de Andrés Caicedo, en cambio, lo leyó como el desenlace moral de una rebeldía sin freno. Al primero se le absuelve (póstumamente, y a condición de que se haya convertido); al segundo se le condena. Lo que me interesa no es el funcionario (ni siquiera sus juicios literarios, discutibles como todos), sino lo que ambos veredictos suponen: que un escritor disidente solo puede ser leído como pecador o como converso. ¿Qué ocurre con el disenso cuando quien administra la cultura pública ya sabe de antemano en qué categorías cabe?

2. Tres palabras que no son sinónimas

Conviene separar tres términos que solemos usar como si fueran uno. La ideología es un sistema de ideas, imágenes y creencias (incluidas las religiosas) que da sentido y legitimidad a un orden; la política es el campo de las prácticas y las instituciones, es decir, los partidos, el gobierno, los nombramientos; lo político es la dimensión ontológica de lo social, es decir, el hecho de que ningún orden social tiene un fundamento último e indiscutible y de que, por eso mismo, siempre puede ser disputado. La política administra; lo político recuerda que lo administrado pudo ser de otro modo. De ahí mi sospecha (la formulo así, como sospecha): la ideología funciona como clausura de lo político, porque naturaliza un orden contingente y hace olvidar que se puede discutir. La distinción, entonces, no es un lujo conceptual; es lo que permite preguntar ¿qué hace una ideología con el disenso?

3. Del caso al síntoma

Sería un error convertir esto en una querella contra una persona. Un nombramiento es un dato; la pregunta es si es un síntoma. Hay indicios de una época: gobiernos que reivindican una religión y una moral “tradicionales” y que tratan la cultura como un terreno que debe alinearse. ¿Es un rasgo local o una forma de gobernar? La dejo abierta, porque un caso no alcanza para responderla. Pero sí conviene precisar el adjetivo, pues lo que se presenta como tradición suele ser menos herencia que reacción (muchas de las llamadas “tradiciones” no son legados naturales del pasado, sino respuestas defensivas y deliberadas ante los cambios del presente; de ahí que el vocabulario de la “guerra cultural” sea reciente, y lo religioso entre más como instrumento que como experiencia: términos como “progresista”, “conservador”, “neocón”, “woke” o “valores tradicionales” se usan hoy como etiquetas para polarizar). Y añado algo, con cautela: una institución del idioma y la literatura es el lugar donde lo político no se deja administrar, porque su materia (la lengua, el canon, la memoria) es justamente lo que una sociedad nunca termina de acordar. Una ortodoxia que pretende gestionarla choca con la condición misma de aquello que gestiona.

4. La forma religiosa de la clausura

La matriz religiosa aporta aquí una forma narrativa más que un contenido: pecado, arrepentimiento y salvación. Es una manera eficaz de resolver el conflicto sin escucharlo, porque lo que el disidente decía deja de ser un argumento y pasa a ser un síntoma moral que se redime o se condena. Es, si se quiere, el confesionario aplicado a la cultura: un lugar al que el escritor solo puede entrar para arrepentirse. Y la figura funciona incluso después de la muerte; la obra de Arango queda recuperada por la conversión, y la de Caicedo, expulsada por no haberla tenido. Eso es cerrar lo político, es decir, transformar la disputa por lo común en una historia de salvación individual.

5. La misma matriz, otro signo

Pero sería injusto (y falso) concluir que lo religioso clausura por esencia. La misma gramática de pecado, conversión y redención sirvió en Colombia al otro lado: Camilo Torres, que terminó en la guerrilla, y buena parte de la teología de la liberación leyeron el Evangelio como denuncia de un orden injusto y no como su bendición. Ahí la matriz religiosa no cierra sino que abre, porque nombra un exceso que el orden no puede absorber. De modo que la pregunta no es si hay religión en la política, sino qué hace cada uso de lo religioso con quien disiente: si lo escucha como interlocutor o lo clasifica como caso.

6. El contrapunto secular

Tampoco la clausura es patrimonio de un bando ni de una fe. Hay ideologías laicas, incluso de signo contrario, que operan igual: el “burgués” o el “colonial” como etiqueta que ahorra el trabajo de discutir y de la crítica, la cancelación que expulsa en lugar de responder. Cambia el vocabulario; permanece el gesto de convertir al otro en categoría. Por eso insisto en que lo que se examina es una operación y no un partido, y en que esta crítica valdría igualmente contra mí si algún día incurriera en ella.

7. Una pregunta final

Si la cultura es la forma en la que una sociedad discute consigo misma sin destruirse, la libertad de expresión cultural no es una concesión del poder sino la condición para que haya algo que gobernar. ¿Qué lengua le queda a un país cuando solo habla quien ya se ha confesado? ¿Y quién decide, al fin, cuál es la lengua que nos falta por hablar?

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