1. Una escena
Recientemente, el actual director del Instituto Caro y
Cuervo habló de dos escritores colombianos con un mismo gesto. A Gonzalo Arango
lo presentó como un rebelde que terminó arrepentido y entregado a la fe; el
suicidio de Andrés Caicedo, en cambio, lo leyó como el desenlace moral de una
rebeldía sin freno. Al primero se le absuelve (póstumamente, y a condición de
que se haya convertido); al segundo se le condena. Lo que me interesa no es el
funcionario (ni siquiera sus juicios literarios, discutibles como todos), sino
lo que ambos veredictos suponen: que un escritor disidente solo puede ser leído
como pecador o como converso. ¿Qué ocurre con el disenso cuando quien
administra la cultura pública ya sabe de antemano en qué categorías cabe?
2. Tres palabras que no son sinónimas
Conviene separar tres términos que solemos usar como si
fueran uno. La ideología es un sistema de ideas, imágenes y creencias (incluidas
las religiosas) que da sentido y legitimidad a un orden; la política es
el campo de las prácticas y las instituciones, es decir, los partidos, el
gobierno, los nombramientos; lo político es la dimensión ontológica de
lo social, es decir, el hecho de que ningún orden social tiene un fundamento
último e indiscutible y de que, por eso mismo, siempre puede ser disputado. La
política administra; lo político recuerda que lo administrado pudo ser de otro
modo. De ahí mi sospecha (la formulo así, como sospecha): la ideología
funciona como clausura de lo político, porque naturaliza un orden
contingente y hace olvidar que se puede discutir. La distinción, entonces,
no es un lujo conceptual; es lo que permite preguntar ¿qué hace una ideología
con el disenso?
3. Del caso al síntoma
Sería un error convertir esto en una querella contra una
persona. Un nombramiento es un dato; la pregunta es si es un síntoma.
Hay indicios de una época: gobiernos que reivindican una religión y una moral “tradicionales”
y que tratan la cultura como un terreno que debe alinearse. ¿Es un rasgo local
o una forma de gobernar? La dejo abierta, porque un caso no alcanza para
responderla. Pero sí conviene precisar el adjetivo, pues lo que se presenta
como tradición suele ser menos herencia que reacción (muchas de las
llamadas “tradiciones” no son legados naturales del pasado, sino respuestas
defensivas y deliberadas ante los cambios del presente; de ahí que el
vocabulario de la “guerra cultural” sea reciente, y lo religioso entre más como
instrumento que como experiencia: términos como “progresista”, “conservador”, “neocón”,
“woke” o “valores tradicionales” se usan hoy como etiquetas para polarizar). Y
añado algo, con cautela: una institución del idioma y la literatura es el lugar
donde lo político no se deja administrar, porque su materia (la lengua, el
canon, la memoria) es justamente lo que una sociedad nunca termina de acordar.
Una ortodoxia que pretende gestionarla choca con la condición misma de aquello
que gestiona.
4. La forma religiosa de la clausura
La matriz religiosa aporta aquí una forma narrativa más que
un contenido: pecado, arrepentimiento y salvación. Es una manera eficaz de
resolver el conflicto sin escucharlo, porque lo que el disidente decía deja de
ser un argumento y pasa a ser un síntoma moral que se redime o se condena. Es,
si se quiere, el confesionario aplicado a la cultura: un lugar al que el
escritor solo puede entrar para arrepentirse. Y la figura funciona incluso
después de la muerte; la obra de Arango queda recuperada por la conversión, y
la de Caicedo, expulsada por no haberla tenido. Eso es cerrar lo político, es
decir, transformar la disputa por lo común en una historia de salvación
individual.
5. La misma matriz, otro signo
Pero sería injusto (y falso) concluir que lo religioso
clausura por esencia. La misma gramática de pecado, conversión y redención
sirvió en Colombia al otro lado: Camilo Torres, que terminó en la guerrilla, y
buena parte de la teología de la liberación leyeron el Evangelio como denuncia
de un orden injusto y no como su bendición. Ahí la matriz religiosa no cierra
sino que abre, porque nombra un exceso que el orden no puede absorber. De modo
que la pregunta no es si hay religión en la política, sino qué hace cada uso de
lo religioso con quien disiente: si lo escucha como interlocutor o lo clasifica
como caso.
6. El contrapunto secular
Tampoco la clausura es patrimonio de un bando ni de una fe.
Hay ideologías laicas, incluso de signo contrario, que operan igual: el “burgués”
o el “colonial” como etiqueta que ahorra el trabajo de discutir y de la crítica,
la cancelación que expulsa en lugar de responder. Cambia el vocabulario;
permanece el gesto de convertir al otro en categoría. Por eso insisto en que lo
que se examina es una operación y no un partido, y en que esta crítica valdría
igualmente contra mí si algún día incurriera en ella.
7. Una pregunta final
Si la cultura es la forma en la que una sociedad discute
consigo misma sin destruirse, la libertad de expresión cultural no es una
concesión del poder sino la condición para que haya algo que gobernar. ¿Qué
lengua le queda a un país cuando solo habla quien ya se ha confesado? ¿Y quién decide,
al fin, cuál es la lengua que nos falta por hablar?